4/10/09

unos minutos atrás, en primera junta...

Caminaban adelante mío. Un poco lejos entre sí, no había una vibra que los uniera, creo. El gira su cabeza hacia atrás, me ve y sigue. Su camperota se aleja un poco más despacio, se ondea menos. Se da vuelta ella y ya no camina tan rápido. Odio los jeans con cierres en los bolsillos, pienso primero. Veo que se separan, él al cordón, ella hacia la negra entrada del Mariano Moreno. Me van a afanar, pienso después.

Mi paso se hizo más lento, tal como su paso se fue desacelerando. Me estaban esperando, me miraban de vez en cuando, anticipándose al momento. Esto ya me pasó. Freno. Nadie en la vereda.

Con el “no de nuevo” en la cabeza doy media vuelta hacia la esquina anterior. Quiero cruzar la avenida, de la otra mano hay gente. Paro. Tal vez sea paranoia, me digo. Miro hacia adelante y ahí están, agazapados. Vuelvo a pensar en la esquina cuando veo a otro chico con cara de “otro próximo predecible” y creo que si camino detrás de él no me va a pasar nada. Puedo verlos babear desde donde estoy. Y no avanzo.

Una señora y su hija adolescente pasan caminando. Otra oportunidad que se va. Se mueven despacio, es obvio que me están esperando a mí, sola con mi morral. No les voy a dar el gusto.

Cruzo.

Miro obsesivamente hacia la vereda que dejé atrás. El tráfico llena la avenida. No los veo. Deben haber llegado a la otra cuadra, supongo. Sigo caminando, pensando en… Miro, busco, imagino, me pregunto, especulo, sí, especulo sobre la esquina de Emilio Mitre, porque ahí dobló alguna gente, si no estarán por robarle a alguien más, en esa calle oscura, ciega, más oscura que la vereda oscura por la que venía yo, donde la luz de una luna llena de agua no tenía nada que envidiarle a los tres faroles de la cuadra.

Ya pasó y voy a cruzar Emilio Mitre. Ya pasó y mucha gente camina a mi alrededor. Ya pasó y llego a la otra esquina donde hay un kiosco gigante, con mucha luz. Y rejas. Ya pasó y la veo a la piba del odioso jean con cierres en los bolsillos parada frente a mí, hablándome. ¿Qué? … Las nueve… Miro atrás y un señor con un perrito miserable, susanezco, está por cruzar. El flaco está un poco más adelante, estudiando la escena, imagino. Me quedo ahí, dura, un instante brevísimo, donde veo la escopeta de aquella vez y yo quietita, callada, encerrada en el cuartito, con bronca, con miedo, y sin llorar. Veo la pistola, el sol de la ventana y todo revuelto en el piso, veo a los pibitos que me tironean y a los otros que me escupen.

“No de nuevo”, pienso, y el pulgosito y su señor se convierten sin querer en mi escudo humano y perruno. Se me acerca pero me doy vuelta, me golpea el bolso y no la miro. Me voy de nuevo hasta el semáforo y espero a cruzar. Siento el corazón en la garganta.

Ella se va hasta donde está el flaquito. Pasa una chica, supongo que le preguntan la hora también a ella. La punkie los manda a cagar. Se quedan en el kiosco, creo, y yo corro. Corro las cinco cuadras que me separan de mi casa, de mi pieza, de mi computadora, siempre mirando atrás.

1 comentario:

septiembre dijo...

mucho gusto :)
de ahora en más sigo leyendo