camino del héroe

La besó suavemente en la frente, casi sin tocarla. Acarició apenas su pelo revuelto. La miró unos segundos antes de apagar la luz y cerrar la puerta. ¿Qué pasaría si despertaba durante la noche y al correr a su cama no la encontraba? ¿Sabría Carlos consolar a una nena de 4 años que necesita a su mamá? Ése era el primer y más apremiante temor de muchos, de miles, diría.

La noche era bastante fría para esa época del año o tal vez era ella que se resistía a salir. El bolso era pesado para las pocas cosas que llevaba pero lo cargó al hombro y caminó. Salir de la villa parecía fácil, dos cuadras derecho, no era tan tarde ni tan peligroso. Tomar el colectivo a Palermo, a otro mundo del que no sabía absolutamente nada y lo que imaginaba sonaba repugnante. Llegó a tiempo para ver cómo una de las chicas se metía en la pieza. La piba no tenía buena cara.

Empezó a desvestirse. Le temblaban un poco las manos. Trataba de recapitular la situación: cierra la fábrica, Carlos no consigue laburo, el hambre es feroz en invierno y Eliana necesita zapatillas para ir a la escuela. Por suerte a ella le dan la comida en el comedor del colegio. Están colgados de la luz y el gas pero el almacén del barrio no le fía más. Y Carlos duerme la siesta. Trató de meterse a limpiar casas y terminaron metiéndole mano. Y acá se gana más. Para las zapatillas, para el guiso a la noche, para Eliana.

Lo que se puso no tenía sentido. Le apretaba el cuerpo, no podía respirar o tal vez fuera la habitación que a cada momento era más chica, las paredes que se le venían encima, parecían más y más cercanas, la rodeaban encerrándola mientras la puerta disminuía hasta desaparecer… terminó de atarse las botas y corrió a la salida.

-Chiquita, chiquita, vení, nena, ¿vos sos la nueva, no?

-Mmh sí

-Ok, pasá por acá que te están esperando

El maquillaje corrido se lava, pero los moretones no podía disimularlos. Contaba con que Carlos estuviera dormido.

La noche siguiente fue peor. Ahora el temor de lo desconocido se había transformado en el horror de saber lo que le esperaba. Al menos era un miedo menos. Ojala Eliana no se despertara buscándola.

-Nena, me dijeron que hacés buenos petes, eh? Hoy vino el Dr Suarez, le va a gustar eso; andá, pasá, pasá, está en la segunda puertita. Y ya sabés, si hay un extra yo me entero así que no te olvidés de venir por acá cuando se va…

La ducha fue más larga, tenía la piel escaldada por el agua hirviente, los roces de las ataduras, el refriegue intenso al tratar de limpiarse el refriegue anterior, los moretones, nuevos y de ayer. Pero la plata era buena, pensó, muy buena.

Esa semana puso en cero la cuenta en el almacén. Pudo volver a comprar ahí sin sentir tanta vergüenza. La nena estaba contenta con las zapatillas. Carlos no se daba cuenta de nada.

-Me voy a verlo al viejo, vengo con facturas mañana tempranito

-¿Todas las noches tenés que cuidar a ese viejo? ¿Quién le va a cocinar a la nena? ¿Le cocinás al viejo y a la nena no?

-No me la compliques más, Carlos

Una lágrima no arruina el maquillaje, por suerte.

Ya no le resultaba tan asfixiante la ropa. No era cómoda pero empezaba a agarrarle la mano al asunto. Al menos, a ésa parte del asunto.

Estar con Héctor era divertido, la pasaba bien cuando él venía, que era seguido. Estaban en eso cuando se desató. Se le sumó un amigo y los golpes venían de todos lados. Su cuerpo agitado se escabullía entre las sábanas tratado de escapar al dolor. La sacudían, la cacheteaban, la amordazaron entre los dos y la penetraron al mismo tiempo. Eso que alguna vez había sido una fantasía de ama de casa ahora era una realidad, una materialidad morbosa y pesadillesca que le rasgaba la piel y dejaba expuesta su propia carne, jugosa y tierna.

Apenas sangraba. Se acomodó las sábanas cubriéndose el cuerpo lastimado. No podía hacer nada por su alma, no había con qué vestirla. Héctor le pagó muy bien. Esa mañana volvió a su casa en taxi. Supongo que habrá valido la pena.

Carlos no preguntó nada, sabía que el viejo tenía Alzheimer y podía ponerse violento. Agarró la plata y salió. Eliana todavía dormía. Se acostó al lado de ella. Lloraba.

Antes de salir lo pensó bien. No sabía si podía hacerlo pero iba a intentar. La noche transcurrió tranquila, sin penas ni glorias, sin golpes ni sogas. Era el momento de hablar.

-¿pero cómo nos vas a dejar justo ahora, nena? Si vas tan bien… es más venite, venite para acá conmigo…

Entró llorando y lo sacudió a Carlos para despertarlo. Los gritos fueron en aumento hasta que sonó un cachetazo, durante un instante el silencio fue absoluto interrumpido sólo por un portazo. Eliana lloraba del otro lado de la pared. Estaba asustada.

Carlos irrumpió en la habitación dándole una patada a la puerta. Durante unos segundos miró cómo su mujer lloraba espásticamente acurrucada en la cama. Sólo pudo hacer una cosa. Al grito de “¡puta!” la agarró de las mechas y tiró de ella hasta la calle. Cerró la puerta detrás de él. Le revoleó la plata por la ventana. “¡Alzheimer las pelotas!”.

Agachada en la vereda mugrienta, en la entrada de la villa, a las 8 de la mañana del jueves, se enjuagó las lágrimas, se acomodó como pudo la ropa, se levantó y fue hasta la parada del colectivo que la llevaba a Palermo.

Comentarios

blackbird ha dicho que…
genia!

el mio era tan inocentón...

me encantó.

¡alzhaimer las pelotas!
es tan ver las cosas como son..sin maquillaje ni push up.
Luis ha dicho que…
excelente ana, me gustó mucho. continuará?

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