el abrazo de los malvones

Sandra se baja del 53 a las 6.41 de la mañana del domingo 15 de junio.
El paredón alguna vez fue blanco, la humedad, la mugre, el tiempo, lo hacen ver como un rompecabezas de manchas marrones, verdes, rojos de stencils para formar una figura que ahí, detrás de todo eso, recupera aquél primer color.
Sandra no ve el paredón de enfrente, tuerce a la izquierda y sube por Bolívar. Debería haber salido el sol. Se escucha apenas el colectivo que dobla y se aleja fugaz. La avenida está vacía. Camina contando adoquines grises, gastados, irregulares. Los tacos de sus botas de cuero ajado se van trabando cada dos; ya tironeó dieciséis veces, esto es, casi llega del otro lado de la Av. Caseros.
Discutir con La Gorda la pone de malhumor. Sabe que nada de lo que diga puede cambiar las cosas pero le hace mal. El ceño fruncido y sus ojos achinados son las huellas de una noche de alcohol y gritos. Y la mirada triste y gacha, que cuenta adoquines, eso también. Sandra arrastra sus pasos descompuestos en las pequeñas baldosas, amarillas y acanaladas, quebrando el silencio dominguero.
La puerta del Viejo. Las casas deshechas, que van cayéndose con sólo verlas, separadas por puertas de madera derruida y medidores de gas. Una pegada a la otra, casi a upa. Los balcones de hierro herrumbrado están unidos no sólo por contigüidad sino por los abrazos de enredaderas, de malvones y otros seres verdes de los que Sandra desconoce el nombre. De una ventana con los postigos cerrados se escapa olor a café.

Casi llega. Patea una baldosa sin querer – malditas veredas rotas! maldita Gorda!– se tambalea, amaga con caerse y golpea una piedra pequeñita, rebota contra un vidrio que sale disparado hacia la esquina; ya no ve hasta dónde llega. La bruma densa del amanecer todo lo cubre. Hasta el sol.
Levanta la vista. La puerta del Viejo está ahí, a unos pasos más. Tan igual y tan distinta. Alta, como las otras. Desvencijada, como las otras. Con un vidrio negro de sucio, que no deja ver el interior. Ninguna de las casas de la cuadra tiene un vidrio en la puerta.
Sandra cierra los ojos de repente. Ya no ve su reflejo verdinegro desfigurado, estira la mano desesperada al interior de la cartera, saca las llaves apurada y temblorosa, mientras con la otra trata de alcanzar la puerta, que cada vez está más lejos.
El destello cegador fue la advertencia antes de que el zumbido de la bala la atravesara.

Esteban observa su caminar zigzagueante. Borracha! – piensa. Transpira de nervios o de emoción, no está seguro. Acostado cuan largo es sobre uno de los techos llenos de excrementos de paloma en Bolívar al 1500, siente un calambre que le recorre toda la pierna derecha. Ahora no, la puta madre! – piensa. No puede dejar que Giménez vea que se desconcentra. Respira profundo sobre la techumbre de hormigón. Gira el pie con la esperanza de que nadie lo note y la distracción desaparezca. El calambre llega


hasta su estómago y lo revuelve. Es el primero de su vida, que no se note. Las manos sudorosas no sueltan el rifle. Una gota cae y recorre el negro acero, hasta la punta. La ve huir, desaparecer en el vacío y la mira se tambalea. Su objetivo oscila también en la vereda de enfrente. Reafirma la mano, reubica el arma contra su hombro dolorido. Mira hacia la calle de nuevo. La puerta verde. Ya casi llega. Sandra Amicone reaparece en la mira. Lentamente toma aire. El sol se hace lugar entre las nubes y la bruma mañanera. Un rayo choca contra el metal y lo ilumina. Contiene la respiración. Dispara.
A menos de cien metros, el 53 dobla la esquina. Arriba, los malvones se abrazan.

Comentarios

blackbird ha dicho que…
me hace acordar a la consigna d los francotiradores.

si leyeras la mía, te daría pena, je.

te firmo en esta porque, como te dije, en la otra me inhibiste.
Bambina ha dicho que…
pero por favor!!
no me podés decir eso justo vos!!

yo no inhibo ni a una lombriz
C.E ha dicho que…
¿A dónde habrá estado escondida esta narradora tan buena? Los conventillos tienen tantas vueltas que me alegra haber encontrado el camino hasta acá.

Feliz nuevo blog

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