Feriado

El piso todavía está mojado después de la lluvia. Una lluvia que no se termina de secar. Una lluvia pesada, pegajosa y fría. Algo no está bien. El mundo no está bien cuando hace frío en diciembre. El cielo de a poco se va abriendo. Deja pasar una luz naranja, dorada. El sol aparece sólo para despedirse. El sol es nuestra diva.

Desde la ventana no se puede ver más que abajo. El cielo está prohibido, porque trae consigo ilusiones que no van a realizarse. Así que mira para abajo. Lo concreto del piso de cerámica. Lo real de la tierra y las plantas encerradas en macetas.
¿Por qué está mal encerrar a los animales en departamentos pequeñitos pero no a las plantas en macetas? Una pregunta ridícula, pero una pregunta al fin que le da vueltas en la cabeza y la distrae del presente. Tiene un cactus cerca de la ventana cuyas raíces intentan escapar. Buscan algo de tierra donde hundirse y crecer. No hay nada alrededor. Para el cactus la tierra es el cielo. Al menos en ese cielo no llovía.

Hace una lista inútil de las cosas que tiene que hacer. El propósito es saber que hay cosas por hacer, no hacerlas. Estar sentada en la cama, durante días, sin salir más que para buscar comida e ir al baño, sin cambiarse el pijama y mucho menos bañarse. El olor se confunde con el dolor. Es casi la misma palabra para mostrar que lo sucio está adentro y está afuera. Pero no es la misma suciedad.

Es lento, lleva tiempo y es doloroso. Es la separación del iceberg, la caída del glaciar. Es silencioso hasta que choca con el agua y se aleja. Es esa lágrima que se cae y se funde con la lluvia. El piso retumba. La lágrima se pega al piso, se niega a rodar hasta el desagüe. Melancólica y melodramática, se sostiene estoica en el mismo lugar. Sin música más que la del viento que trata de llevarse las nubes.

Porque si se aleja luego ¿qué? La consecuencia de alejarse es la distancia irremediable, irreparable. La distancia hace que lo que dejamos atrás se vuelva cada vez más borroso, más chiquito, más azul hasta confundirse con el horizonte. Dejar de ser tierra para ser cielo; si es que eso es posible.

Tenemos raíces que buscan tierra y ojos que buscan cielo. Tenemos corazones que laten, que se contraen y expanden, que viven; pero ¿viven? La distancia se mide en latidos que nadie está contando; la distancia se funde en un horizonte que se desdibuja y desaparece.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
esto es excelente!

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